En México, hablar de prisiones es hablar de abandono. El país acumula cifras alarmantes de suicidios entre mujeres privadas de la libertad, un reflejo de un sistema penitenciario colapsado que no solo castiga el delito, sino que anula la dignidad humana. Según datos de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, la tasa de suicidios en cárceles mexicanas ha crecido de manera preocupante, con un impacto desproporcionado sobre las reclusas en reinserción, y un mínimo para preservar su integridad.

La cárcel mexicana, lejos de ser un espacio de justicia y rehabilitación, se convierte en un escenario de violencia estructural : hacinamiento, corrupción, ausencia de seguridad y un Estado incapaz de garantizar siquiera la vida de las personas bajo su custodia. No se trata solo de castigo, sino de una forma de deshumanización que multiplica los daños sociales.
El contraste israelí: disciplina y respeto
Israel, constantemente señalado en el debate internacional, ofrece una paradoja: un país rodeado de amenazas existenciales y en conflicto permanente, pero cuyas cárceles superan en calidad y organización a las de una democracia estable como México.
En prisiones israelíes como Ayalon u Ofer, incluso los detenidos por terrorismo -acusados de atentar contra la vida de civiles- tienen acceso a educación, asistencia médica, visitas familiares e infraestructura básica que respeta estándares internacionales. Los centros penitenciarios son, ante todo, lugares de disciplina, sí, pero también de orden y control donde la vida del recluso se preserva por que el Estado entiende que la dignidad humana no es negociable, incluso para quien ha cometido delitos graves, no solo eso, sino que están bajo la lupa internacional, preservar la seguridad de las y los reclusos es prioridad a la hora de dar cuentas a organismos internacionales.
El modelo israelí parte de una visión conservadora y pragmática: la cárcel no puede ser un agujero negro de desesperanza porque eso multiplica el crimen y el resentimiento. La seguridad se refuerza cuando se evita que la prisión se convierta en una fábrica de odio o en un cementerio de personas.
Una lección incómoda para México
La comparación resulta dolorosa. México, con sus recursos naturales, su estabilidad territorial y su potencial económico, ofrece condiciones infinitamente mejores para construir un sistema penitenciario digno. Sin embargo, la realidad es otra: mujeres encarceladas que se suicidan por desesperanza, cárceles convertidas en centros de tortura informal, mafias que operan desde dentro en complicidad con funcionarios. El escenario del resto de países hispanoamericanos es muy similar podaríamos profundizar en un articulo exclusivo para Colombia, Brasil, Venezuela, Etc.
Pero volvamos a nuestro caso, México. Entre 2021-2023, al menos 13 internas se quitaron la vida, y no hay evidencia de inversión en salud mental dentro de los centros penitenciarios, según Reporte Indigo. Si alguien desea ahondar en el tema con datos frescos, mirada crítica y bien documentada, recomiendo asomarse al canal de Saskia Niño de Rivera, donde explica estas realidades con una claridad que incomoda, pero también invita a reflexionar y proponer soluciones.
Por otro lado, Israel sitiado en una región hostil, destina recursos y disciplina institucional para mantener cárceles en las que, incluso bajo máxima seguridad, los presos conservan derechos básicos. No es un paraíso ni mucho menos -las prisiones israelíes también pueden ser criticadas y cuestionadas- pero en comparación con el colapso mexicano, reflejan un compromiso mucho más sólido con la vida y el orden, producto de una presión internacional, que en el país azteca, aun no existe.
El contraste entre México e Israel desnuda una verdad incómoda: no basta con declararse una democracia para garantizar dignidad en los centros de reclusión. México necesita asumir que la seguridad y la justicia comienzan en sus cárceles. Recordemos el caso de Florence Cassez e Israel Vallarta, un evento mediático que saco a relucir la forma de impartir justicia mexicana, Vallarta fue puesto tras las rejas desde el 2005 y liberado recientemente en el 2025, bajo falsas acusaciones, producidas para televisar la supuesta forma de “impartir justicia”.

Mientras la democracia es frágil, es incapaz de evitar que mujeres y hombres desaparezcan o se quiten la vida tras las rejas. En cambio el país sionista demuestra que incluso en medio de conflictos existenciales es posible administrar un sistema penitenciario con disciplinada y derechos. No solo eso, tienen los reflectores del mundo apuntando allá, no pueden ni deben darse la oportunidad de cometer actos que involucren el no respetar la dignidad humana de reclusos. ¿Por qué los organismos internacionales no se observan a México con la misma rigurosidad? La respuesta es simple, se llama propaganda anti sionismo, pero este tema daría para un articulo completo. ¿Por qué es más factible ir en contra del único país judío, que pese a sus dificultades, realizan muchas cosas en orden? y ¿por qué países con graves problemas estructurales uno de ellos el sistema peninteciario, no tienen mención en los medios de comunicación?
La lección es clara: la integridad de las personas y la seguridad nacional no se contraponen. Al contrario, solo un sistema penitenciario ordenado y justo fortalece los valores democráticos y conserva la esperanza de reinserción. México, si realmente aspira a recuperar la confianza ciudadana, debe mirar más allá de su complacencia y aprender de modelos que, con todos sus dilemas, priorizan lo que debería ser irrenunciable: la existencia.
