Durante décadas, buena parte del pensamiento político contemporáneo ha girado en torno a una idea aparentemente noble, la lucha entre opresores y oprimidos. Una narrativa que sirvió en su momento para cuestionar sistemas injustos y dar voz a quienes fueron silenciados. Pero hoy, en un mundo tan interconectado como contradictorio, esa teoría se ha vuelto insuficiente, incluso peligrosa, pues justifica la violencia de parte del oprimido como una acción de resistencia.
Pero… vivimos en una época donde todos podemos ser opresores y oprimidos al mismo tiempo. Un trabajador puede ser oprimido por un sistema económico desigual, pero también ejercer abuso sobre otros en su entorno. Un Estado puede defenderse de ataques terroristas y, sin embargo, ser acusado de opresión por quienes desconocen el contexto. La realidad es más humana que las etiquetas.

Israel y el falso relato del opresor
El caso de Israel es el ejemplo más evidente de cómo esa vieja teoría se ha distorsionado. En nombre del “oprimido”, una parte del mundo ha decidido ver a Israel como símbolo del mal, de poder del “colonizador”. Pero esta visión no resiste un análisis serio. Israel nació del trauma del pueblo judío, un pueblo que conoció la opresión en su forma más absoluta: el genocidio. Y sin embargo, eligió reconstruir la vida, no instalarse en el victimismo.
El Estado de Israel se levantó sobre los cimientos del trabajo, la educación, la innovación y la voluntad de existir en paz. No oprime, se defiende. No busca dominar, busca sobrevivir. Pero la lógica simplista del mundo moderno -especialmente del progresismo radical y del activismo superficial- necesita villanos y héroes claros. Y así, en su obsesión por encontrar oprimidos que rediman su culpa occidental, muchos terminan legitimando el terrorismo, mientras condenan a una democracia que lucha por su vida.

Ser conscientes: ¿qué tipo de oprimido queremos ser?
En realidad, todos enfrentamos algún tipo de opresión: una política injusta, un sistema que nos limita, una cultura que nos impone moldes. Pero el punto no es vivir señalando al “opresor” externo, sino preguntarnos qué tipo de oprimido queremos ser.
¿Aquel que se instala en la queja y la victimización, esperando que el mundo cambie por compasión? ¿O aquel que, con conciencia y responsabilidad, se levanta y transforma su realidad, sabiendo que forma parte de ella?
Israel eligió ser lo segundo. En lugar de llorar sobre su pasado, lo convirtió en impulso para crear un presente. En lugar de rendirse a la opresión, eligió la resiliencia. Es la prueba viva de que la historia no está escrita para las víctimas eternas, sino para los pueblos que entienden que la libertad se conquista, no se concede.
Humanismo activo
El humanismo verdadero no se reduce a la compasión pasiva, sino que exige responsabilidad. Implica mirar el dolor sin romantizarlo, entender que toda víctima tiene también una cuota de poder sobre su destino. No se trata de negar la injusticia, sino de evitar que el resentimiento se convierta en ideología.
Hoy, el pensamiento político necesita urgentemente un nuevo paradigma, uno que supere la dualidad infantil de buenos y malos, y abrace la complejidad humana. Porque mientras el mundo se entretiene con etiquetas, la verdadera empatía -esa que construye y no destruye- se desvanece.
La teoría del opresor y el oprimido ha cumplido su ciclo. Nos sirvió para despertar conciencias, pero ahora adormece el pensamiento. Nos enseño a identificar injusticias, pero no a resolverlas.
Ser conscientes de cuándo oprimimos y cómo enfrentamos la opresión es el desafío del presente. Y ahí está la clave, no ser oprimidos que lloran, sino oprimidos que piensan, que crean, que transforman. Israel, con todas sus contradicciones, es el ejemplo de un pueblo que entendió esa lección antes que muchos, el de quien, aun después del dolor más profundo, elige vivir, construir y defender su autodeterminación.













